La aparición del psicoanálisis
supondrá una ruptura
epistemológica
con respecto a los conceptos
anteriores sobre la psique
(donde psiquismo se consideraba
sinónimo de conciencia).
Lo que dará lugar
a un saber inédito
sobre el ser humano, aportando
una perspectiva nueva
sobre el aparato psíquico
y su funcionamiento. Una
comprensión cuyas
consecuencias e implicaciones
transcenderán el
campo de la salud, influyendo
en prácticamente
todas las áreas
del conocimiento humano:
pedagogía, filosofía,
sociología, antropología,
lingüística,
literatura, pintura, arte...
Y
es que el psicoanálisis,
a pesar de gestarse en
el corazón de la
neurología, y,
por consiguiente, ser
utilizado como tratamiento
psicoterapéutico
de padecimientos “nerviosos”
(hasta entonces considerados
orgánicos), también,
se convertirá en
una vía
a través de la
cual todas las personas
sanas y normales podrán
tener acceso a sus propios
procesos mentales.
Algo que llevará
implícito el autoconocimiento
y la posibilidad de transformación,
es decir, de cambio del
sujeto en análisis.
Finalmente,
en el psicoanálisis,
puede distinguirse un
tercer nivel: es un
método de investigación
en el cual, la interpretación
psicoanalítica,
puede extenderse y aplicarse
a otras disciplinas, sirviendo
como instrumento para
diferentes producciones
humanas.
EL
CONFLICTO PSÍQUICO.
Todo
síntoma posee un
sentido y se halla estrechamente
enlazado a la vida psíquica.
Éste fue el gran
hallazgo clínico
del Psicoanálisis.
Descubrimiento cuyas consecuencias
modificarán “la
mirada” sobre el
padecer humano, dando
lugar a un tratamiento
diferente.
Averiguación
clínica que subvertirá
la posición del
sujeto en relación
a su dolor;
con respecto aquello de
lo que se queja: sus síntomas.
Síntomas que, irrumpiendo
en la vida del sujeto,
a través de las
diferentes manifestaciones
del sufrimiento humano,
le “desbordan”.
Aflicciones, lamentos
en forma de múltiples
dolores de cuerpo y alma.
Desazón, pesadumbre
sobredeterminada por cierto
grado “inconsciencia”
que comanda su “destino”,
generando, en ocasiones,
intensas conmociones:
profundas e incontrolables
frustraciones, falta de
esperanza, desilusión,
soledad, incomprensión,
desconsuelo, rechazo,
abandono, vacío...
Se
produce, por consiguiente,
un fractura que afecta
al encuadre terapéutico,
sacando al paciente de
esa postura de pasividad
con respecto a su padecer.
Y es que, hablando con
precisión, la
salud no es lo contrario
de enfermedad. La salud
es una construcción.
Es algo nuevo, no un retorno
a un estado previo al
dolor, puesto que lo que
retorna es, precisamente,
lo reprimido. Es decir,
aquellas cargas afectivas
que, aunque disociadas
de lo incómodo
de sus representaciones,
vuelven una y otra vez
desplazadas y disfrazadas
en los más variopintos
y fastidiosos escenarios
del dolor.
Dentro
de la “revolución
copernicana” que
supuso la teoría
del inconsciente (donde,
como ocurre en otros procesos
de producción científica,
desde las matemáticas
hasta la física
cuántica, por ejemplo,
la verdad no podrá
sustentarse más
en los criterios de certeza
impuestos por lo ilusorio
de la experiencia sensible
) el conflicto, no obstante,
se considerará
constitutivo del ser humano.
Lo cual significa que
la tensión conflictual
o psicodinámica
será una característica
de nuestra estructura
(por el hecho de estar
nuestra mente dividida
en diferentes instancias;
primero: Consciente- Preconsciente-Incosciente,
y, actualmente, en un
grado de complejidad mayor
del desarrollo anterior,
en: Ello-Yo-Superyó
) y, mientras ésta
no alcance unas cuotas
de intensidad y frecuencia
que pueda desembocar en
síntomas, el conflicto
en sí no será
algo patológico
. De hecho, no fue fácil
admitir esa falta de rigidez
entre lo normal y lo patológico.
Diferencias cuantitativas,
no cualitativas, que llevarían
a la conclusión
de que la cura
es un compromiso: un trabajo
de elaboración.
El
psicoanálisis desveló
que el ser humano puede
llegar a gozar con aquello
que le hace sufrir . Lo
cual, además, de
enojoso de asumir es prácticamente
imposible de entender.
A menos que se contemple
desde la lógica
paradojal del nuevo aparato
psíquico donde,
aquello que resulta incómodo
para una parte del sistema
puede, sin embargo, ser
placentera para la otra.
No en vano, Sigmund Freud
descubrió que los
síntomas ( al igual
que otras formaciones
del inconsciente como
los sueños o los
actos fallidos ) son una
solución de compromiso
entre dichas “localidades”
psíquicas. Una
transacción donde
se satisfacen, a la vez,
las exigencias defensivas
y el deseo inconsciente.
PSICOANÁLISIS
Y ÉTICA.
La
salud, como el amor,
son dos propuestas responsables
que implican dedicación,
es decir, un trabajo.
Tal es el motivo por el
cual, en torno al concepto
de inconsciente, se abre,
también, una cuestión
ética. Una posición
“interna”
consistente en querer
saber sobre eso
de lo que tememos saber.
Y al hablar de temor,
de miedo, nos referimos
a un miedo a saber sobre
el deseo: sobre nuestro
deseo. Un miedo a no querer
saber sobre una verdad
que nos angustia, puesto
que si no fueses así
no existiría conflicto
alguno. Y lo curioso es
que se trata de un no
querer saber sobre un
saber que no se sabe.
Luego entonces, si establecemos
una equivalencia entre
deseo y saber, resultará
que de lo que en realidad
se asusta fulanito de
tal como sujeto psíquico
es de “sí
mismo”. De ahí
que sea un error buscar
al “enemigo”
afuera, cuando el “extraño”,
el “extranjero”
que siento que me molesta,
“vive en mí”.
Una
actitud ética,
por consiguiente, sería
aquella que partiese de
una pregunta envolvente
que incluya al sujeto
que padece en su
padecimiento. Un querer
aceptar que, debido a
la existencia de una instancia
inconsciente en nuestra
psique, a dicha alteridad
constitutiva y constituyente
a la vez, la verdad de
lo suyo está
en el paciente, en el
sujeto en análisis.
Verdad de lo que le pasa,
sobre su pesar, - a su
pesar -, que emergerá
a través de la
palabra en el encuadre
psicoanalítico.
Y es que en ese Otro de
mí está
depositado ese saber que
nos concierne; un saber
sobre nosotros como di-viduos
( sujetos divididos ).
Un saber sobre nuestros
deseos, sobre nuestras
“verdades”.
Verdades: “cosas
nuestras” que pugnan
por ser reconocidas a
través del síntoma,
no obstante, su apariencia
de sin-sentido. Más
allá, o acá,
de la hipocresía
de la doble o triple moral;
de sus miedos, de las
dudas con las que pretende
relegar al olvido cualquier
vestigio de una historia
diferente: su verdad
histórica sin censura
ni deformaciones. De ahí
que hablemos del síntoma
como el significante de
una verdad reprimida en
la conciencia del sujeto.
Del síntoma
como enigma;
como una metáfora,
como la sustitución
de algo por descifrar.
De una señal
que nos brinda la oportunidad
de conocernos.
Por eso que taparle la
boca al síntoma,
que atontarlo, sin más,
de cualquier manera, es
dejar escapar la ocasión
de conocer algo de nosotros
que insiste en ser escuchado.
Algo, por otra parte,
imposible de silenciar,
en tanto que, por mucho
que nos empeñemos,
no se puede detener
el crecimiento.
En ese sentido, al final,
cualquier “remedio”
por esquivar el conflicto
( reprimiéndolo,
negándolo, disfrazándolo
en su contrario, deformándolo
hasta hacerlo irreconocible,
sedándolo, proyectándolo...)
es un mal negocio. Un
error que se paga con
más y más
sufrimiento.
El
respeto, por lo tanto,
se convertirá en
la piedra angular de la
ética freudiana.
Respeto a la alteridad
que somos. Respeto a diferencia
intrasubjetiva, a la propia
singularidad, sin la cual
no será más
que una “inocente”
hipocresía, en
el mejor de los casos,
el respeto al prójimo.
Respeto, límite
y responsabilidad son,
por consiguiente, los
pilares de la teoría
psicoanalítica
sobre los que se alza
el ejercicio de la práctica
clínica.
Un
autor tan reconocido y
prolífero como
el médico psiquiatra
y psicoanalista, Dr. Jaime
Spilka , escribe sobre
el particular que, al
fin y al cabo, creer
en el inconsciente es
una cuestión de
ética.
Llegando a formular una
máxima en la que
viene a manifestar que
echarle las culpas al
otro de lo que me pasa
o me deja de pasar es
un error, a demás
de una injusticia.
“No
imputar al otro ni colocar
en el otro, la propia
escisión subjetiva
y el propio dolor de
existir. Y si haciéndolo
creemos que podríamos
terminar de ser, cargando
en el otro nuestra falta
y nuestro dolor, también
deberíamos saber
que sería al
precio de perder nuestra
humanidad”
Por
algo Lacan, en un momento
definió, también,
al Psicoanálisis
una ciencia del
deseo.
¿CUÁNDO
ACUDIR AL PSICOANALISTA?
El
psicoanalisis, como procedimiento
psicoterapéutico,
está indicado para
todos los trastornos
psíquicos:
fobias, obsesiones, ansiedad,
angustia, depresión,
adicciones, trastornos
funcionales y psicosomáticos,
etc.
También
se utiliza como tratamiento
para otro tipo de padecimientos
que, sin tener que ser
diagnosticados de patológicos,
causan mal-estar
en la vida del sujeto:
celos, desamor, problemas
de pareja, conflictos
familiares, dificultades
sexuales, complejos, manías,
temores...
Pero,
además, como hemos
mencionado, al no limitarse
el psicoanálisis
a ser únicamente
una terapia para curar
los males del alma - y
muchos otros que afectan
al cuerpo- sino, también,
un medio a través
del cual todas las personas
(“enfermas”
y “sanas”)
pueden llegar a tener
acceso a sus propios procesos
psíquicos: conocerse
a sí mismo,
sería un tercer
motivo para acudir a la
consulta del psicoanalista.
Es decir, querer saber
a cerca de nuestras ambiciones,
tal vez, demasiado ocultas;
de nuestras propias trabas
para tener una vida más
satisfactoria; sobre la
naturaleza de nuestros
miedos que, probablemente,
nos incapacitan para lograr
metas u objetivos muy
claros o no tanto; darse
cuenta del porqué
de determinas resistencias
para alcanzar el éxito,
cuando este se busca;
llegar a descubrir el
motivo de nuestras inhibiciones
frente a la creación;
poder entender las fantasías
que nos impiden huir del
compromiso que, por otra
parte, quizás nos
gustaría adquirir
en ciertas áreas
de la vida; llegara a
esclarecer lo que subyace
en tanto fracaso frente
al triunfo; dilucidar
que hay tras el miedo
a amar y ser amados...
José
García Peñalver
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