iniciopsicoanalisisarticulosenseñanzadepartamentosnoticiascontacto datos personales

Artículos José García

Libros José García

Escritos en formación

Otros Autores

LOS ÁNGELES TAMBIÉN TIENEN SEXO

INTRODUCCIÓN
   Hasta principios del siglo pasado para explicar las necesidades sexuales tanto del ser humano como de los animales la ciencia suponía la existencia de un “instinto sexual”. Un instinto sexual que despertaría con la llegada de la pubertad, es decir con la maduración genital, y que se encaminaría hacia la reproducción. Por lo tanto, según esta concepción naturista, la sexualidad no tendría lugar en etapas previas del desarrollo - en la infancia -, y, además, para ser considerada normal debería ceñirse a la cópula entre congéneres de distinto sexo, cuya finalidad biológica sería la procreación. 

   ¿Qué hacer entonces frente a la incómoda realidad de otras prácticas sexuales que se alejaban de tales designios?. La solución , desafortunadamente, casi siempre suele ser la misma cuando tratamos de adecuar la realidad a nuestros prejuicios: sancionarla o negarla . 

   La publicación en 1905 de “Tres ensayos para una teoría sexual” trastocará sustancialmente estos principios. Las investigaciones que en la clínica con las histéricas habían llevado a Freud al descubrimiento del inconsciente - con la convulsión inicial que ello produjo en el seno de la propia medicina -, unos años después revolucionó a la sociedad en general con la nueva definición de la sexualidad salida de aquellas concepciones teóricas. La sexualidad será ampliada y ya no equivaldrá más al sinónimo de genitalidad ( al igual que tampoco el psiquismo podía seguir reduciéndose a la conciencia). La etiología sexual de las neurosis desveló los mecanismos inconscientes mediante los que poder leer el sentido de los síntomas; un sentido que no aparecerá escrito en la fenomelogía del suceso. Hablar en el ser humano de pulsiones en lugar de instintos, permite alejarse de definiciones encorsetadas donde la sexualidad figuraba como un conjunto de pautas preformadas; patrones fijos ajustados a los propósitos de la especie. Sin embargo, lo más impactante a este respecto no era lo sancionado sino lo negado: la sexualidad infantil. Esta fue la cuestión de la que nunca se hablo. La gran ausente incluso de los tratados de la época especializados en la infancia. Así, en el decir del distinguido doctor en medicina español Jorge L. Tizón - psiquiatra, psicólogo y psicoanalista , autor de numerosos trabajos y libros sobre salud mental, director de un Equipo Psicosocial Piloto del Institut Català de la Salut -, el hallazgo de la sexualidad infantil es uno de los descubrimientos fundamentales del psicoanálisis y una de sus principales aportaciones a la historia de la cultura. “(...) la psicosexualidad ya actúa en la infancia y , por lo tanto, no puede sostenerse la visión puritana o “angelista” de la infancia como el “período de pureza”, en el que “no pasa nada”, en el que “no nos enteramos de nada”, el período sin conflictos, sin problemas, sin manifestaciones sexuales o agresivas.” ( “Apuntes para una Psicología basada en la Relación”/ J.L.Tizón ) 

   LA AMNESIA INFANTIL 

   Advirtiéndonos del desconocimiento popular acerca de las manifestaciones sexuales del niño, así como del desinterés científico en dar cuenta de las mismas , Sigmund Freud, al comienzo del capítulo segundo de los “Tres ensayos para una teoría sexual”, dedicado, precisamente, a las sexualidad infantil escribirá: 

   “De la concepción popular del instinto sexual forma parte la creencia de que falta durante la niñez, no apareciendo hasta el período de la pubertad. (...) 
No sé de ningún autor que haya reconocido claramente la existencia de un instinto sexual en la infancia, y en los numerosos trabajos sobre el desarrollo del niño falta siempre el capítulo relativo al desarrollo sexual.”. Pareciéndole a él mismo exagerada esta afirmación se propuso llevar a cabo una revisión de los trabajos que se habían publicado sobre el tema, lo cual, como expresa en una nota a pie de página, no hizo sino confirmar su opinión: “El estudio de las manifestaciones somáticas y psíquicas en la sexualidad en el niño se encuentra aún en sus comienzos.(...).Las manifestaciones sexuales somáticas anteriores a la pubertad han sido estudiadas, hasta ahora, exclusivamente desde el punto de vista de la degeneración; (...). En todos los tratados sobre psicología infantil falta un capítulo referente a la vida erótica del niño.” 

   El motivo de esta “ausencia” por parte de los expertos , además de la complicidad con el pudor de las convenciones sociales, que desaconsejaban tratar cuestiones tan molestas, va a estar en un fenómeno psíquico conocido con el nombre de amnesia infantil. Esta amnesia, que comprende aproximadamente los ocho primeros años de nuestra vida, es un suceso mental significativo por el que dicho período de la infancia va a que dar oculto en nuestra memoria. Un hecho característico por el que pasamos la mayoría de los seres humanos, donde lo esencial radica en que no se trata de ninguna incapacidad funcional para registrar impresiones, sino que el olvido es el resultado de haber actuado sobre la sexualidad infantil el mecanismo de la represión. Es decir, va a producirse algo así como una represión estructural durante estos primeros años de nuestra vida, que interviniendo sobre el conjunto de comportamientos y representaciones mentales psicosexuales – de las que trataré en el próximo escrito – terminará por extenderse al resto de hechos acaecidos en la infancia. Impresiones que no por haber sido olvidadas pasan por nuestra vida sin dejar huella. Más bien todo lo contrario: semejante olvido es una forma de memoria , y por consiguiente sus efectos van a ser determinantes para nuestro posterior desarrollo. Y es que ciertamente no hay tal desaparición de estas impresiones infantiles. Así, puesto que dicho olvido no supone una falta de registro, existe la posibilidad del recuerdo. Traer a la conciencia los contenidos mnémicos de semejantes vivencias es algo que se produce con frecuencia en la clínica psicoanalítica, demostrando, a su vez, que los acontecimientos olvidados no son el producto de una falta de fijación de los recuerdos sino que ello es debido a la represión. 

   Este es un hecho de considerable importancia puesto que nos permite comparar la amnesia infantil con las grandes lagunas que existen a menudo en la memoria de las personas neuróticas , y más exactamente de las que padecen de histeria. Dicha falta de recuerdos, y , en cierta manera, un retroceso y estancamiento en los modos de satisfacción sexual infantil por parte de tales adultos, nos exige considerar a la amnesia histérica como una continuación directa de la amnesia infantil, y , además -como formula Freud en 1917 en “Teoría General de las Neurosis”-, “a deducir que las amnesias de los neuróticos se hallan íntimamente relacionadas con la producción de sus síntomas ”

Resumiendo: el concepto de sexualidad será modificado en base a la existencia de una serie de manifestaciones que no tenían cabida en su restringida definición. La falta de consistencia de un supuesto “instinto sexual humano” cuya finalidad reproductora veía como desviaciones todas aquellas actividades que se alejaran de tal propósito; el reconocimiento de unas prácticas sexuales infantiles que hacían insostenible la contemporaneidad del “despertar” sexual con la maduración biológica de la pubertad; así, como “satisfacción” inconsciente que daba cuenta de la producción, y, por lo tanto el sentido, del síntoma neurótico , requerían una transformación sustancial de la noción de sexualidad. De este modo la sexualidad será ampliada, dejando, a partir de entonces, de ser un término homólogo al de genitalidad. 

   Por otro lado, este recorrido sexual temprano, por el que todos necesariamente pasamos, es importante, justamente, por sus efectos; o sea, por la inscripción de huellas indelebles en aquel incipiente psiquismo. 
Es decir, según las vicisitudes en el transcurrir de las diferentes etapas del desarrollo psicosexual, nuestra posición adulta estará, en buena parte, ya “jugada”. 
La sexualidad en la etiología de los trastornos neuróticos revelará, precisamente, la trascendencia de dicho período infantil, donde los cimientos de nuestra estructura relacional van a quedar firmemente establecidos. Decíamos, también, que, además, de las resistencias que oponen nuestros prejuicios para abordar estas cuestiones con la suficiente objetividad - sin pensar que todo esto es absurdo, o, en el mejor de los casos, desmesurado -, coadyuvaba el hecho de hallarnos con la amnesia infantil como soporte psicológico de semejante olvido. Amnesia infantil a la que comparábamos con la característica fundamental de falta de recuerdos infantiles propios de la histeria, donde la dificultad para evocar sucesos pretéritos, por parte de estas personas “nerviosas”, no era consecuencia de ningún déficit estructural de la memoria sino un problema , podríamos decir, funcional, de reminiscencias ( y por consiguiente reversible, es decir, tratable ). 

   Considerando, pues, esa definición ampliada de la sexualidad, en la que incluimos la infancia, hemos de tener muy presente que en el niño, aparte de la existencia de excitaciones precoces en el aparato genital de ambos sexos, también, van a intervenir otras zonas corporales en la consecución del placer. Estas regiones sexuales, a las que llamamos zonas erógenas, van a tener una importancia decisiva en la configuración de la personalidad adulta. No sólo actúan independientemente de la directriz del aparato genital, puesto que ni siquiera se ha producido esa reunificación que aparece en el púber, sino que tampoco dicho placer puede limitarse a la satisfacción de necesidad fisiológica alguna ( hambre, sed, función excretora, etc.). Luego, el placer que el niño encuentra en el órgano acabará por hacerse , también, independientemente de la realización de la función de dicho órgano. Algo que habla en favor de la satisfacción autoerótica de las pulsiones parciales. Por lo que si en un primer momento la satisfacción va a ir unida a la necesidad (ligada a la función del órgano, por ejemplo el placer logrado con la succión para mitigar el hambre) luego ese placer será buscado por sí mismo, sin necesidad alguna de sentir la necesidad de ser alimentado ( el chupeteo después de haber saciado el hambre es un buen ejemplo de ello) . Hablar, entonces, de sexualidad oralserá una manera de describir este último suceso, introduciéndonos, como iremos viendo , en la dinámica de dichos procesos.

FASES DEL DESARROLLO PSICOSEXUAL 

   Hablábamos de zonas erógenas para referirnos a regiones corporales de donde partían excitaciones a las que denominábamos sexuales. Zonas corporales que no podíamos reducir únicamente al aparato genital, ya que, en realidad, “ hablando con propiedad, todo el cuerpo es una zona erógena”. Decíamos, también, que en las diferentes fases del desarrollo humano, en la estructuración de su psiquismo, dicha erogeneidad iba a circunscribirse a una regiones privilegiadas que desempeñaran un papel decisivo. De este modo, si bien el placer resultante, derivado de la estimulación de dichas áreas corporales, en un principio, va a estar ligado a cubrir necesidades biológicas elementales , finalmente, aquel terminará por hacerse independiente de éstas. 
En efecto, la satisfacción producida a consecuencia de mitigar un imperativo fisiológico como puede ser el hambre, acabará por separase de la función a la que estaba destinado dicho órgano, y por lo tanto, goce y necesidad dejarán de estar supeditados. Precisamente el acto del “chupeteo” , después de que el del hambre haya sido convenientemente saciado, nos indica claramente la existencia de “otra satisfacción” que ya no está asociada con la ingesta de alimentos. 
Pues bien, a la primera de tales fases por las que pasará el cachorro humano en su recorrido psicosexual o libidinal ( de “libido” que etimológicamente viene del latín y significa deseo o ganas, y al que podemos referirnos de un modo genérico como impulso o energía sexual ) , la llamaremos fase oral. Un período de actividad somato-psíquica donde el placer sexual estará fundamentalmente ligado a las excitaciones de la cavidad bucal , los labios y la parte proximal del tubo digestivo. Placer que ,como ocurre con el acto succionador del chupeteo del pulgar en sí, por ejemplo, tras la sensación de placidez después de ser amamantado convenientemente, gira entorno a la cavidad bucolabial y la absorción de alimentos , pero independizada de la satisfacción inicialmente vinculada con la función de la nutrición. De hecho, en la edad adulta , ciertas conductas como el beso o el exceso en el fumar están relacionadas con el placer autoerótico propio de estas etapas previas. A demás, ya en el terreno de la psicopatología, debido a la regresión y fijación libidinal a dicha sexualidad oral, y a tenor de semejante duplicidad de funciones de la zona anatómica en cuestión, se van a producir una serie de trastornos neuróticos como la repugnacia ante la comida o determinados alimentos, los vómitos histéricos, o el “globo histérico” o sensación de opresión en la garganta, así como perturbaciones anoréxicas, por mencionar algunos trastornos funcionales. 

   “Si el niño de pecho fuera capaz de comunicar sus sensaciones, declararía, desde luego, que el acto de mamar del seno materno constituye el más importante de su vida. Diciendo esto no se equivocaría, pues por medio de él satisface a un tiempo dos grandes necesidades de su vida. No sin cierta sorpresa averiguamos, por medio del psicoanálisis, cuan profunda es la importancia psíquica de este hecho, cuyas huellas persisten luego durante toda la vida. Constituyen, en efecto, el punto de partida de toda la vida sexual y el ideal jamás alcanzado, de toda satisfacción sexual ulterior, ideal al que la imaginación aspira en momentos de gran necesidad y privación”. ( “La vida sexual” – Lecciones Introductorias al Psicoanálisis- 1917 ) . De ahí la enorme importancia del pecho materno, o sus subrogados, como primer objeto de dicha pulsión libidinal, y cómo sus “reminiscencias” pueden ocasionar una considerable influencia a lo largo de nuestra vida adulta. Rápidamente, sin embargo, abandona el niño el seno materno y lo reemplaza por una parte de su propio cuerpo: su dedo pulgar, o por un objeto sustitutorio: el chupete. ¿Qué nos dice, por consiguiente, el hecho de que una vez alimentada la criaturita, recurra al chupeteo?. Pues que después de satisfacer su necesidad ( ingesta de alimento ), recurre a un más allá de la necesidad; es decir, a la consecución de placer. Detalle de capital importancia porque nos aclara dos caracteres esenciales de la sexualidad infantil. Primero, que ésta está enlazada de un modo especial a satisfacción de las grandes necesidades orgánicas. Segundo, que dicha sexualidad se comporta de un forma que denominamos autoerótica, en el sentido que viene a encontrar su objeto de placer en el propio cuerpo. 

   Entre los dos y los cuatro años, aproximadamente, la evolución libidinal del niño estará caracterizada por el predominio de otra zona erógena primordial: el ano. Es la denominada fase anal o sadico-anal. Aquí las heces van a adquirir un valor simbólico ( “caquita” = regalo , en su dimensión menos elaborada ) y la función de defecación (expulsión-retención) va a ser la que dominará el modo de relacionarse el niño con el mundo, en una ambivalencia afectiva representada por dos pares antitéticos tan singulares como son amor-odio. 

   “ Siento que hacéis un esfuerzo sobre vosotros mismos para no interrumpirme y gritar: “¡Basta de horrores”! ” – se expresaba en el último texto de referencia, Sigmund Freud, que, por cierto, son conferencias pronunciadas por él durante el curso 1916-17 ante un auditorio compuesto de médicos y profanos de ambos sexos, que luego se publicaron en forma de libro - . 
“No es extraño en modo alguno – proseguirá - que encontréis sorprendente la afinidad que afirmamos existe entre la actividad sexual infantil y las perversiones; más habéis de tener en cuenta que tal afinidad es naturalísima. Si el niño posee una vida sexual, ha de ser sinceramente de naturaleza perversa, puesto que, salvo algunos vagos indicios, carece de todo aquello que hace de la sexualidad una función procreadora, siendo precisamente este desconocimiento del fin esencial de la sexualidad – la procreación – lo que caracteriza a las perversiones. Calificamos, en efecto, de perversa toda actividad sexual que, habiendo renunciado a procreación, busca el placer como un fin independiente de la misma. De este modo la parte más delicada y peligrosa del desarrollo de la vida sexual es la referente a su subordinación a los fines de la procreación. Todo aquello que se produce antes de este momento, se sustrae a dicho fin o sirve únicamente para procurar placer, recibe la denominación peyorativa de perverso, y es, a título de tal condenado” 

   ¿Por qué se denomina sádica a la fase anal? Después de esbozar algunos aspectos de este período, quizás nos resulte más sencillo entender las características peculiares de la relación de objeto, es decir, la manera de enlazarse el niño con el entorno. Sádica, en el sentido de apuntar a un correlato donde la forma de proceder del infantil sujeto se asemejaría a las manifestaciones perversas del adulto. Esta afinidad entre la actividad sexual infantil y las perversiones (calificando de perversa, en este contexto, cualquier actividad sexual que, apartándose de aquel supuesto “instinto sexual” normal encaminado a la procreación, busque el placer como un fin en sí mismo), también es una propiedad de la fase oral. De ahí la calificación de “polimorfo perverso” con la que describimos, globalmente, la actividad sexual infantil. Además, respecto a las cualidades, digamos, de carácter intrínsecas de la etapa anal, la similitud con ciertos comportamientos sadomasoquistas específicos de las prácticas perversas del adulto, es mucho más acentuada. En efecto, la particularidad de la zona erógena de la fase en cuestión, así como la inoperancia de los diques psíquicos: la repugnancia, el pudor y la moral envuelven a esta etapa en un torbellino de fuertes contrastes. Contrastes fruto de una acentuada ambigüedad caracterizada a la vez por comportamientos tan opuestos como son la posesión y la agresión hacia el prójimo y destrucción que cuando aparecen sin ningún tipo de enmascaramiento, dando rienda suelta al exhibicionismo y la crueldad “sin tapujos”, dejan perplejos a quienes ingenuamente (es decir, con una doble intención, y, por tanto, no inocentemente) siguen aferrados a su ideal de un mundo angelical de seres humanos. A tal dialéctica de amor y odio, el influyente psiquiatra y psicoanalista, el Dr. Jaques Lacan, la bautizó como odioamoramiento. 

   A la tercera de las fases se le denomina fase fálica. Esta es una fase teórica donde va a producirse la unificación de las pulsiones parciales bajo la primacía de la zona genital. Pero, a diferencia de la siguiente, aquí, tanto el niño como la niña, únicamente reconocen un solo órgano genital: el masculino y, por lo tanto, para ambos, la oposición de los sexos, la diferencia sexual, equivaldrá a masculino (fálico) o masculino castrado. Es decir, en esta fase sí hay masculino, pero no representación psíquica de lo femenino (y para ello, evidentemente, hay que tener en cuenta que falo no es sinónimo de pene). Por eso que la antitesis es: genital masculino o castrado. Por otra parte, aquí, también tendrá lugar el acné del crucial Complejo de Edipo, así como su supuesta disolución. 
Después de la tempestad psicoafectiva, que como vemos agita al niño, prácticamente, desde que se zambulle en el mundo a través del canal del parto, viene un remanso de tranquilidad. La vorágine libidinal se toma un respiro. La energía e intereses sexuales, sin llegar a desaparecer, puesto que las prácticas masturbatorias, de una u otra manera continúan, dejan de abrirse camino de forma tan abrupta. Es elperíodo de latencia –allí donde ubicamos la amnesia infantil-, que suele coincidir con el de escolarización, donde la atención del niño experimentará un cambio sustancial al desplazarse hacia objetivos sociales; es su puesta de largo social, su entrada en la comunidad. Finalmente, nuestro recorrido termina con la fase genital propiamente dicha, donde se producirá, ahora sí, coincidiendo con la maduración biológica de la pubertad, el salto definitivo a la sexualidad adulta. No exento, sin embargo, del estallido y desconcierto de lo que llamamos adolescencia; y es que lo anterior, nuestro viaje particular va a resignificarse, o sea, estará a punto para provocar ruido. 

 ( Recopilación de seis escritos que bajo el mismo título aparecieron publicados en la página semanal, “Guía Médica”, del “Diario de Mallorca”. Año 2002 ) . 

 Escultura: "Eros" / Estela Videla

 Ilustración: "Fí-jate" (30 x 21 cm) / Jacques Salomón

José García Peñalver


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com